lunes, febrero 18, 2008

Te juro que es así

Desde chica insistí en que algunas cosas de mi personalidad estaban predeterminadas más allá de mi voluntad. Claro que lo decía más por excusa testaruda que porque realmente lo creyera, aunque con el paso del tiempo medio que una partecita me decía: "si si, es inevitable por tus genes". Pero no lo iba a reconocer, porque me iban a mirar con cara rara. Ahora me animo un poco más, porque la ciencia me secunda... Y esto de tener a "alguien más" apoyando tu idea estrafalaria me lleva a pensar en la presión de "la mayoría". La Fe religiosa se apoya en creencias populares y ningún hecho real, y como son muchos (pero muchos) los que creen, nadie puede decir nada. Me deja con la mandíbula por el piso eso de la cientología (ni hablar de un video de un Tom Cruise posesionado que salio por ahi). O sea, no me jodas, ¿de verdad querés que todos aceptemos un dogma creado por un escritor de ciencia ficción que establece que estamos todos poseídos por aliens? (OMG). Y lo cierto es que si en un futuro, el 60% de la humanidad se diera a creerlo, un 30% se terminaría uniendo porque si son tantos "han de tener razón". Lo mismo con la teoría de la Realidad Simulada, que dice que todos somos un programita de computadora del gran geek que nos creó (y nos controla desde su súper máquina cual si fuéramos Sims mientras se inyecta cafeína). Está bien, bajo esta mirada, la idea de un dios todo poderoso que observa desde arriba puede verse igual de absurda. Pero al menos han tenido el tacto de meter cuestiones de libre albedrío y el ayudarse a uno mismo para que a uno se le haga más lógico y personal. La mayoría determina, en todo, por más ridícula que sea la postura del globo mayor. Y el pensamiento individual se ve vapuleado en un símil quema de brujas de la edad media... La cuestión en realidad, venía de la mano de los genes. Esos genes que te evitan subirte al barco del montón, esa cosa que te marca de nacimiento más allá de la educación. Tendencias preestablecidas, de las que no podés escapar.

El tema todavía está muy verde, pero empieza a dar brotecitos así como interesantes. La investigación del genoma humano deriva en los fenotipos que nos hacen "nosotros". Resulta que, por ej, soy una histérica de los olores. Soy de esas que van caminando y te dicen "hummm, hay olor a Mendoza" y me miran con ceño y boquita fruncida. Soy de las que recorren la casa entera en busca de "un olor feo" que nadie más que yo puede sentir. También soy de las que sufren un fuerte dolor de cabeza o descompostura instantánea ante un aroma muy fuerte, aunque sea de un perfume. Y bueno, yo estoy medio pirada para el resto. Pero parece que podría ser genético (lo explican con el inigualable y útil don de identificar quién ha comido espárragos a través del olor de su orina... halagador). Pero en fin, cuestión que la asociación de olores a lugares también podría tener que ver con uniones poco comunes en el cerebro, como una sinestesia mini o leve. Cosas que uno no puede cambiar, que están ahí, en su ADN, en sus comandos bioeléctricos y que afectan su forma de percibir al mundo. No importa a cuantos psicólogos vayas o cuantos cursos con consultores tomes, tus funciones biológicas son inalterables. Con el ejemplo de los olores; puede determinar que uno se relacione afable o esquivo, dependiendo del grado odorífero del lugar. Que uno esté queriendo huir despavorido porque su nariz no lo soporta o que sienta que podría quedarse por siempre en ese éxtasis aromático que lo mece y envuelve con nostalgia.

El genoma está en pañales, hay que tomar muchas muestras, datos personales y hacer enormes cantidades de investigación para sacar algún que otro fenotipo común a un grupo de gente. Pero tanto que uno se esfuerza por forjar cierto carácter y al fin los genes y el cerebro son los que tienen la última palabra (o el gran programador que nos controlar para ganar una partida, dirían algunos. Aunque para otros sea un alien malvadísimo que no nos quiere felices).

¿Ahora, dónde están los genes que amuchan por número? ¿Es una inclinación cromosómica eso de considerar que más es mejor o más valido? Sirve de excusa cuando uno quiere defender una teoría, al estilo "sos el único que no entiende, ¿no lo ves?". Pero quizás vaya más allá de la aplicación lógica conveniente. Al fin y al cabo, esto de los genes también tiene un perfecto ángulo para excusarse. Podría decir que el vicio al tabaco es genético. O que, ciencia o no, mayoría o minoría "sufro del fenotipo calenchus máximus, no pueden cuestionar mis reacciones adversas". Y entre tantas otras, a resaltar, tengo genes antidieta y voracidad chocolatil, ¡no me jodan!

sábado, febrero 16, 2008

Bendito cambio

Cuando una mujer necesita un cambio, normalmente, se corta el pelo. Con eso suele bastar. Así que fui, me hice un desmechado, sacar volumen y alguna huevada más de esas que te venden por una módica suma. Me animé a salir al mundo con el pelo suelto y cumplió su cometido por un par de días. Pero después todo siguió igual de gris (y sí, volví a atarme el pelo). Entonces, ya harta de la rutina, me corté la pata derecha. ¡Algo tiene que cambiar ahora! Y algo cambió, estuve mes y medio en reposo absoluto viendo mi panza aumentar su volumen. Pero todavía queda una promesa flotando, el verdadero impacto de toda la cuestión: que los pies no duelan más.

Uno no valora sus patitas como debería me parece. Las da por sentado. Te llevan aquí y allá y punto. No se les da mayor relevancia que sostén. Pero influyen en todo, y por eso sé que el cambio que ansío está a la vuelta de la esquina. Cuando los quesos funcionan mal, todo se deforma. Mi vieja siempre decía: "los pies duelen en la cara" y más allá de que mi cara de seriedad constante está bastante influenciada por ser medio Banana Pueyrredón, mis empanaditas sin dudas hablaban a través de mis gruñidos. Aclaremos un poco el panorama. Recuerden la fiesta, peregrinación o maratón más larga que hallan experimentando. Recuerden el dolor en sus pies luego de incontables horas de sostener todo el peso de sus cuerpos. Recuerden la quemazón en las plantas, las puntadas en los tobillos y el fervoroso deseo de sentarse, de ponerlos en agua caliente, de masajearlos un poco. Ahora, mantengan esa sensación y aplíquenla a sus vidas diarias. Imaginen que ese dolor no desaparece con una noche de descanso, que cada vez que se ponen en pie revive sin tregua. En el trabajo, en el colectivo, en el supermercado, mientras lavan los platos, cuando se dan una ducha. Llegado un momento uno se acostumbra, pero no por eso deja de sufrirlas. Entonces, empezás a modificar tu vida. O gastás un dineral en taxis o llegás tarde a todos lados por esperar un colectivo vacío. Porque sabés que si te tomás el primer bondi que pasa y vas parado, terminás llegando a donde sea con cara de ogro y un humor de perros porque te duele hasta el alma. No salís a caminar cuando hay lindo clima y admirás las noches agradables desde la ventana de tu casa. Rechazás invitaciones a tomar un café o cualquier cosa que implique ponerte en pie por un tiempo prolongado. Ni hablar de los deportes. Despacito y sin darte cuenta, te volvés un bodoque aburrido y la vida te pasa de largo.

Hace dos meses que no puedo dejar de imaginar cómo será la vida sin ese tipo de dolor. Me parece increíble que antes no me lo planteara, que la degeneración haya sido tan paulatina que nunca me detuve a razonar lo que estaba mal en la ecuación. Recién cuando me aclararon que no era normal, me bajó el rayito de luz y oxigenó mis neuronas. Recién entonces empecé a elucubrar. Quizás el viaje al trabajo no tenía que ser una agonía, por ahí podía caminar las 40 cuadras sin morir en el intento, existe la posibilidad de seguir en pie después de las 20hs y salir a tomar todos los cafés habidos y por haber. No más aflicciones silenciosas en las cosas normales de la vida, y como resultado una enorme sonrisa. Vaya vuelta de tortilla. Y sí, es exactamente lo que buscaba. Todavía no puedo ponerlo en práctica, el proceso de cicatrización es más lento de lo que esperaba. Pero falta poco y, por suerte, soy taurina. La paciencia me sobra y me permito degustar la idea de todo lo que viene de a poquito, situación por situación. Y me voy sonriendo a cada rato, porque se viene el cambio, y va a estar bueno.


Ah! Y valoren sus extremidades inferiores. Un bañito con sales, masajes y, por qué no, pedicura. Se lo merecen.

Vaya Embole

57 días de nada y la cabeza empieza a entumecerse. Los primeros días fueron dedicados a una limpieza profunda. Expulsar las brumas de la rutina y el tedio. La idea era aprovechar este descanso forzado para reinventarme, buscar algún hilo abandonado en mi psiquis y retroceder unos años. Salvar los elementos creativos e inocentes que se perdieron en la hecatombe de la urgencia y plantarnos en la madurez. Parecía un plan fácil, considerando que no habría ningún agente externo que interrumpiera la noble labor. Pero en algún momento de la expedición tomé un giro equivocado y terminé muy lejos del objetivo inicial. No fue fútil, pero temo que, nuevamente, lo lógico suplantó lo importante.

Me prometí que escribiría. Lo decía por todos lados en los días que precedieron la operación. Y dos meses después, no he soltado una sola línea. No puedo decir que realmente lo intenté, aunque tampoco puedo decir que ignoré la pauta. Lo cierto es que siento que mi cabeza ya no es lo que era y nunca fui partidaria de las cosas forzadas. Quizás hubiera logrado desentumecerme si hubiera usado este tiempo en reencontrarme. La culpa aguijonea un poco. Sólo tengo una idea para debatir con mi jefe en esperanza de que el clima laboral cambie. Un abstracto que aún no puedo probar y que por el momento no asegura nada. Y el resto es vacío. 1368 horas de ocio desaprovechado y un concepto desestimado que va anclando. Quizás he sobrevalorado mis capacidades por demasiado tiempo. O quizás las he ignorado lo suficiente para que se me hayan perdido. Lo único seguro es que no encuentro ninguna arista donde aferrar mis letras, ni siquiera un puntito suelto en la inmensidad. La sensación de impotencia es abrumadora. Y el aburrimiento, soberano. La falta de actividad es regenerativa. Me leo a mi misma, meses atrás, diciendo que la insuficiencia de tiempo era la única culpable. Ahora podría excusarme con que la imposibilidad de salir a la calle me priva de aprovechar este abuso de tiempo como es debido. Pero tengo que usar un poquito de honestidad y cortar con las excusas. Estoy seca, achanchada y pasivamente ida. Hay que tomar el toro por las astas, aunque sea a lo bruto y sin guantes. Así que ahí vamos. Soltando letras anodinas para reactivar el motor, esperando que en el medio de tanto tecleteo salga una idea

martes, octubre 16, 2007

Vos podés...

Las situaciones límite son interesantes, sirven para reconocer un montón de cosas que en la rutina se pierden, cosas que quedan tapadas por un montón de ideas, costumbres, prejuicios, conceptos y supuestos. ¿Cuántas veces hemos respondido a una pregunta de qué nos llevaríamos a una isla desierta o qué salvaríamos de un incendio? ¿Cuántas veces hemos elucubrado lo haríamos en tal o cual situación?. Siempre pensé que yo sería la víctima número uno de cualquier cosa, incluso bromeo a veces, de que si hubiera una invasión zombie, sería la primera masticada. Es que por cositas pequeñas que he experimentado, gracias a mis lentos procesos de decisión (más bien vistos como indecisión), siempre me quedaba en el medio, paralizada o haciendo lo más estúpido (como tomar por el hombro a un amigo que boludamente se hacía el electrocutado). En fin, siempre creí que sería la más inútil, la histérica que complica todo. Hasta que el límite llegó y me di cuenta que existe una realidad que uno vive día a día, y existe otra realidad que se abre en el momento de necesidad y se vuelve a cerrar cuando todo pasa.

Ayer escuchamos unos cuantos gritos mientras mirábamos una película, cosa que suele ser común en un departamento que da sobre una avenida transitada. Los ignoramos al principio, hasta que se sumaron sirenas de todo tipo y se nos ocurrió mirar por la ventana. Gente, ambulancias, todos mirando hacia una entrada invisible desde nuestro mirador. Cuando abrimos la puerta de entrada nos encontramos con una pared negra con un perforante olor a caucho quemado. "Se quema el edificio". Y en ese instante entre fugaz y eterno en que creí que quedaría paralizada, cambió la realidad, cambió la conciencia y los conceptos, cambió mi identidad o más bien desapareció todo. Todas las nebulosas que gustan de atosigar mi mente con las dualidades más filosóficamente inútiles se desvanecieron para dictarme instrucciones claras y concisas, sin una sola duda, sin analizar las dos caras de la moneda, sin una sola interferencia. "Agarrá al gato, la cartera tiene algo de plata y los documentos, tapate la cara con la remera". Y sin pensarlo dos veces, cargada con lo justo y necesario, me interné en la negra e intoxicante barrera. Jamás creí que pudiera ser así, tan denso, tan oscuro, tan impenetrable. No habría más de 100 metros por recorrer, pero a medio camino ya no ingresaba aire a los pulmones, sólo sentía una pasta agria y caliente pegándose a mi nariz y tráquea y mis ojos ciegos ardían como el infierno. Y esa densidad asfixiante se volvía más caliente, y mi claridad mental cedió un momento. "¿Y si estoy caminando hacia el fuego mismo? ¿Y si gasto mis últimas gotas de aire en acercarme más a un punto sin salida? ¿Será mejor volver?" Volver hacia dónde seria la pregunta, porque en el vacío negro ya no había direcciones, pero donde fuera que apuntara, donde fuera que iba, tenía que seguir hacia adelante. Y volvió la claridad, y me tomé de la pared y tanteé los escalones con la mayor velocidad que el cuidado me permitiera. Unos escalones más adelante, el humo disminuyó sus resistencia, y la decisión probó ser buena. Todas las horas que esperamos en la calle se mantuvieron en esa realidad esencial, básica, en que la mente sólo procesa las mecánicas caricias al gato para mantenerlo calmo, las llamadas a los familiares para avisar que todo está bien, la visita a la ambulancia para recibir oxígeno y la espera. Y recién al volver a un departamento intacto, al cerrar la puerta y regresar a la rutina, la realidad vuelve a cambiar, a hacerme débil e ingenua. Y me hace quebrarme al instante, como si la vida se me hubiera escapado. Qué estúpido, pienso, tener esas dos caras. Qué estúpido quebrarme tan fácil cuando todo está en calma, pensar que no fue nada mientras mi lado claustrofóbico se empeña en recordarme la asfixia. Qué estúpido creernos tan conocedores de nuestros dotes, de nuestras entrañas, cuando cada nueva puerta nos revela una identidad alterna, que nada tiene que ver con las formas que alimentamos afanosamente día a día para convencernos de lo que valemos, lo que queremos y lo que esperamos. Y qué fascinante ese instinto de supervivencia, que nos despoja de nuestra humanidad con tanto tino para que podamos valernos de nuestra materia bruta sin interferencias, sin debilidades; sin esa vocecita de la conciencia que podría haberte sugerido que no ibas a poder.

viernes, agosto 17, 2007

El beso inarticulado

¿Saludar o no saludar? Esa es la cuestión.

Serían las 5 de la tarde, bajé a fumar mi último pucho laboral del día, ese que tiene un gustito especial porque se consume con la alegre idea de que falta muy poco para volver a casa. A los pocos segundos de haber encendido mi dañino placer, una compañera – que se sienta a un box de distancia – traspuso la puerta y se acercó a mí. En el instante que tardó en cubrir la distancia que nos separaba, la vi aproximarse de más; cabeza por delante del cuerpo, semi ladeada. Aunque ya la había saludado en la mañana – y había pasado todo el día a escasos centímetros de ella – hice mi parte y ladeé mi cabeza para responder al beso. No era extraño después de todo, yo misma saludo más de una vez a mucha gente por estar muy quemada y ni siquiera registrar los cientos de rostros que me cruzo en el día. Sin que fuera necesario que yo dijera nada, inmediatamente se dio cuenta del furcio y resopló.
- En cualquier momento te empieza a salir humito – dije con tono comprensivo (sí, así de original soy en mis charlas pucheriles laborales. Después me despacharé con las huevadas que se dicen del clima y otras yerbas en el chit chat empresarial)
- Ay, ya ni sé lo que pienso. Vos, boluda, avisá, en vez de saludarme también
- Es que si no después te toman de ortiva. Ya el otro día Lore me sacó cagando cuando acoté un “ya me saludaste” al momento que su cara tocaba la mía. Ahora aprendí la lección – argumenté a la vez que expiraba una bocanada de humo
- Pero si no tiene nada que ver!! Yo odio a la gente que te chanta la cara mientras estás hablando con alguien. Tipo, pará, no ves que interrumpís?

Y así comenzó el debate saludil. Que los que te daban un cabezazo, los que se comían tus anteojos, los que te dejan pagando, los que no tenés la más pálida idea de quien son, los que te besan con el cachete, etc, etc, etc. Y me quedé con ganas de seguir hablando de mis saludos inarticulados. Así que pensé hacer un pequeño compendio aquí, donde puedo hablar todo lo que quiera y no hay horario que me corra, ni riesgos de aburrir a nadie contra su voluntad.

Empecemos por establecer que no habría problema alguno con el saludo si no estuviera el beso metido en el medio (será que los yankees en vez de ser fríos son más vivos). Y para que no crean que soy insensible, voy a iniciar mi análisis con los saludos por compromiso:

1) El saludo mañanero: Aquí se agrupan la planta baja y tu piso laboral. Al llegar nomás, mientras uno espera el ascensor (que nuuuuunca está cerca) se va llenando de gente el Hall, y uno conoce al 60% maso. “Buen día” por aquí, "que hacés" por allá, “qué cara!” mas acá, y muack, muack, muack. Un beso por cara cada conocida. Luego, al llegar a tu piso (chau o adiós son el típico al salir del ascensor para despedir a los que siguen para arriba – pero sin beso esta vez, por suerte) y ya te cruzás con los tres sectores y sus 60 personas que te acompañan en el piso pero apenas conocés de cara y nombre. Y otra vez a desear buenos días y repartir besos.

2) El saludo ascensoril: Este es el punto más problemático para mí. Uno ingresa al ascensor para ir a la planta baja. Casi siempre viene cargado de gente. Hay seis personas adentro, conocés a 5. ¿Qué hacés? He intentando emitir un simple “bueeeenas” general y quedarme en el molde, pero ya el que está a tu izquierda se inclina a darte el beso. Le respondés, y, obviamente, vas a tener que darle un beso a todos los demás conocidos que te miran con ojos de huevo frito en el cuadradito de 2*2. Y mientras cachete tras cachete vas dejando tu impronta, no podés ver otra cosa que esa carucha desconocida y fruncida que no te define si tampoco está muy segura de qué hacer con vos, o si está rogando por dentro que lo evites, o si está pensando “más vale que me salude también, sea quien sea”.

3) El saludo inoportuno: éste aplica al natural y al comprometido. Es ése que le molesta a mi compañera. Ese que fuerzan en un momento en que no estás para saludar. Te lo pueden chantar mientras estás discutiendo acaloradamente por teléfono, o mientras le estás contando las posiciones del kamasutra que practicaste el domingo a una amiga. Y si los baños no tuvieran puertas, seguro estaría el que te manda el beso mientras estás en lo tuyo.

4) El saludo doble (o triple, o más – depende del grado de quemadura y la cantidad de veces que ves a la persona): Como ya he dicho, soy víctima personal del caso. Cuando sos el emisor de cuarenta saludos a la misma persona, por experiencia sé que es por estar quemado y no registrar, pero el recipiente se lo puede tomar a mal. No lo registraste cuando te saludó por primera vez. Horror!!! Sos un garca. Al menos, lo sos para esa persona. Cuando sos el receptor, ya comprobé que avisar puede ser tomado a mal, así que, en el fondo se zafa saludando siempre, no importa cuántas veces (aunque uno ya tenga los labios gastados)

5) El saludo general: el más práctico, pero el más juzgado también. Si saludas con un buen día general y no besás a nadie en particular (o sólo a tu compañero de escritorio) sos un amargo. Así de simple. A veces te lo dicen de frente, a veces lo murmuran por atrás. No recomendable, a menos que trabajes en un lugar donde todos lo practican.

Salvo el punto 5, todas estas situaciones siempre dan lugar al saludo inarticulado. Ese que se queda entre saludo y amague, entre beso y piña, entre cachete y boca.

a) El saludo que se te atraganta: Las milésimas de segundo que lleva saludar pueden tardar una eternidad en tu cabeza. Mirás a la persona, la conocés, pero no demasiado. ¿La saludo o no? Sea porque te arriesgás, o porque te pareció que te iban a saludar, o lo que sea, te inclinás a saludar. Te quedás un fugaz instante en una posición estúpida y volvés a tu lugar entre humillado y enfurecido por la estoica mala educación de la rigidez del otro (que por ahí, otro día, con otra gente alrededor, te saluda con una simpatía que le patearías el culo)

b) El saludo hamaca: A veces el amague se vuelven un vaivén autista. Te inclinaste, y como el otro ni mosqueó, volvés hacia atrás. Entonces el otro reacciona y se acerca a dar el beso cuando vos te estás volviendo. Entonces el otro se vuelve, y vos volvés a amagar, y así hasta que las dos mentes logran coordinar el intento fallido, para dar a luz un saludo de mierda: comprometido, incómodo, humillante y al pedo.

c) El saludo golpeador: Es el que me hace preguntarme si la gente te odia o no se da cuenta. Normalmente se da cuando vos estás sentado en tu escritorio y te lo chantan. No es un beso, es un cachetazo sin mano. Te dan un voleo con la mandíbula que deja a tus neuronas rebotando como un pinball y a tu puño cerrado con ganas de bajarle los dientes.

d) El saludo dolorido: Es parecido al golpeador, pero es involuntario. Por un lado está el beso medusa, típico de un lugar con alfombra. Siempre que ando medio lúcida trato de tocar algo de madera antes del contacto (¡cómo me complico la vida!), pero mi lucidez anda en caída. Y luego está el beso accesorio que empecé a experimentar desde que uso anteojos. Ambos saludantes se clavan el marco de los lentes y vos te quedás con tu visión descuajeringada. He intentado sacármelos antes de pasar la molesta experiencia, pero como casi siempre son saludos chantados, esto puede ser catastrófico. Ahora apunto a ubicar mi cabeza de manera que el área de mis ojos quede lejos del contacto. Más allá de las contracturas que tengo, eso a veces lleva a la siguiente clase

e) El saludo incómodo: El “riesgo” del pico, que también podría llamarse saludo “hamaca 2” en ciertas ocasiones. Que esquivar, que los comentarios chabacanos que le siguen, que esto o lo otro, siempre es incómodo y fastidioso.

En resumen, las convenciones sociales son una suma de complicaciones en muchos casos. Yo, particularmente, preferiría reservar los besos para los seres queridos y nada más. Pero, como no está establecido, te puede traer rótulos desagradables (que aunque para mí sea ilógico, te pueden complicar tu trabajo). Y si se estableciera, vendría el problema de la evidencia de a quien querés y a quien no. Y hay taaaaaaanta gente sensible o querendona (de esas que hablaron tres palabras con vos y ya se creen tus mejores amigos) que habría una nueva problemática a encarar. No hay mucha más opción que seguir la corriente y acostumbrarse a los furcios, o volverse besuquero como los demás. Corto acá, porque voy armar una pancarta para mi próxima manifestación individual: “¡Vivan las pymes y los trabajos independientes! ¡Mierda, carajo!”

jueves, agosto 16, 2007

Longing

Cuando volvía en colectivo del trabajo, entre el cóctel de sonidos que vengo llevando últimamente en mi mp3, saltó este tema que adoro, pero hacía mucho que no escuchaba. Lo puse a todo volumen mientras dejaba que mi mirada se perdiera por las calles atiborradas, y llegué a casa con una sonrisa.

Longing (Helloween)
Feelings come and go - I've never known,
Something longs to grow - won't let go.
Spirits around my head - are whispering,
I turn inside instead - of wandering.

Deep inside of me - I know there's got to be,
A different kind of truth - that sets the spirit free.
If I don't wanna know - what's written inside me,
How could I see anything - how could I be anything ?

Restless minds have searched - long before,
The truth will be same - for evermore.
The mightiness of trees - that you can feel,
Can give you all you need - just listen still.

Here is love and there is pain.
It's all around, it's all the same,
There's nothing new that I cuold tell to you.
But still there is the universe inside of us that never bursts,
We might not know the meaning yet, but I am sure we can't reject
The truth that is in everything - that is and has been and will be.

There is a long way to go - there is a high place to know,
There is a world to go through - but there's so much more to do
Until we're home !

Deep inside of me - I know there's got to be,
A different kind of truth - that sets the spirit free.
If I don't wanna know - what's written inside me,
How could I see anything - how could I be anything ?
Feelings come and go - I've never known...


Estuve buscando por Internet a ver si encontraba algo para apreciar la música. Por ahora no encontré nada respetable, pero si alguien lo quiere buscar, vale la pena escucharlo.

Y por si acaso, dejo una traducción:

Sentimientos que vienen y van que nunca había conocido.
Algo ansía crecer y no se rendirá.
Hay espíritus rondando mi cabeza que estan susurrando.
Me vuelvo hacia adentro en vez de extraviarme.

Muy dentro mio sé que tiene que existir
un tipo diferente de verdad que libere a mi espíritu.
Si no quiero saber lo que está escrito en mi interior,
¿cómo podría ver algo, cómo podría ser algo?

Las mentes inquietas han buscado mucho antes.
La verdad será siempre la misma.
La grandeza que puedes sentir en los árboles
puede darte todo lo que necesitas, sólo escucha detenidamente.

Aqui está el amor y también hay dolor,
está todo alrededor, es todo lo mismo,
no hay nada nuevo que pueda decirte.
Pero aun existe el universo que reside dentro nuestro y nunca estalla.
Puede que no sepamos el significado aun, pero estoy seguro que no podemos rechazar
la verdad que hay en todo lo que es, lo que ha sido y lo que será.

Hay mucho camino por recorrer, hay una cúspide que conocer,
hay un mundo para atravezar, pero hay tanto más que hacer
antes de que lleguemos al hogar

Muy dentro mio sé que debe haber
un tipo de verdad diferente que libere mi espíritu.
Si no quiero saber lo que está escrito en mi interior,
¿cómo podría ver algo, como podría ser algo?
Sentimientos que vienen y van que nunca había conocido...

lunes, agosto 13, 2007

¿Por qué la diferencia acepta lo normal y no al revés?

Otra vez tuve que explicarme, definirme, graficarme y ejemplificar de toda manera posible mis elecciones. Y aun así no satisface, ni convence, ni basta siquiera para una mínima ventana de aprobación. Mi visión, según parece, es tan inconcebible que no hay justificación que pueda avalarla, ni convicción propia que le de validez. Y me quedo pensando, mirando al techo (como cada vez que se me da por zambullirme en mis entrañas), por qué yo puedo aceptar con tanta facilidad que otras personas tengan intereses tan diferentes a los míos, pero los demás no pueden aceptar que yo me vaya por la tangente. Es más fácil concluir que un trauma infantil mide cada uno de mis pasos que concebir que pueden existir inclinaciones diferentes en la vida.

Por no gustarme los boliches, ni after office (s), ni happy hours, ni reuniones multitudinarias, me gano el rótulo de "antinatural". Por no pertenecer a un grupo social expuesto, caigo en la concepción de recluirme insalubremente. Por haber pasado malas experiencias en la amistad de chica, se supone que todavía tengo que estar marcada y trabada en mi vida por esos eventos, y no hay validez alguna en mis razones de desinterés.

Me gusta escribir, me gusta mucho, aunque últimamente casi no lo hago. Es que me es muy difícil escribir con interrupciones. Para volcarme sobre el papel (o pantalla) con generosa honestidad y libre vuelo, necesito de absoluta soledad. Algo que últimamente es escaso en mi vida, algo un poco irónico para una persona sin amigos, pero inválido para quienes aseguran mi marginación. También me gusta la tecnología, me encanta la informática y soy aficionada a los videojuegos. Todas actividades de auto-reclusión, según me dicen. Y se preocupan por mí, y se arrancan los cabellos buscando la manera de "ayudarme a ser más sociable", sin considerar jamás que NO ME INTERESA, pensando siempre que algo falla en mi y soy incapaz de verlo. Porque el ser humano está hecho para relacionarse, porque una persona no puede vivir por su cuenta. Y es tan frustrante que no pueden entender mis razones, da tanta impotencia que quieran forzarlo a uno a ejercer actividades que le aburren o agotan. Uno de mis hermanos afirma que necesitaría una pareja que me empujara más a formar parte del mundo. Me río al pensar lo poco que duraría con un hombre que me obligara a salir más de la cuenta o que me llevara a reuniones sociales demasiado seguido. No habría amor que aguante. Y me pone triste que no puedan ver que el hombre que me acompaña me ha hecho feliz, justamente por no forzarme a nada y por compartir mis intereses tan particulares, por ser tan parecido a mí - eso que tanto les preocupa.

No tomo alcohol (me da náuseas) y no podría interesarme menos en la moda, la manicura, o los súper peinados de fulanito de tal de la peluquería menganito. Tampoco logro obligarme a estar al tanto de los papparazi ni de lo que pasó en Gran Hermano. ¡Y quieren que disfrute de salidas donde estas cosas son el único contenido! A veces participo sin embargo. Como aprecio a la gente que me invita, voy, y sonrío ante los comentarios que me aturden, y me aburro como sapo de otro pozo cuando todos han tomado demasiado y dejo de comprenderlos por completo. No los juzgo, comprendo que son sus intereses y es su forma de divertirse, pero no puedo compartirlo aunque me esfuerce. Y sin embargo es tan fácil apuntarme un dedo y decir que no soy normal, que debería analizarme o adaptarme a mi naturaleza humana. Soy vista como "amarga" por no tener un grupo de amigos con quienes "salir de joda", y soy juzgada de ermitaña por no tener amigos a quienes veo todas las semanas. Es que mis amigos, aquellos que realmente comparten mis puntos de vista e intereses, llevan una vida como la mía, y necesitan de sus tiempos solitarios para escribir, o leer o jugar un juego... como yo. Pero somos "antinaturales" para nuestros familiares o compañeros de trabajo, y vivimos el azote de tener que encajar en el sistema, la presión de ser "normales", y la impotencia de que nos traten como niños y desmerezcan nuestras explicaciones adjudicándonos traumas infantiles que no tenemos.

¿Por qué es tan difícil aceptar que algunos podemos ser distintos? ¿Por qué no pueden comprender que un "escritor" jamás tendrá la vida social de un ejecutivo de ventas, y que un talento o interés pueden marcar las formas de una personalidad? Pero, por sobre todas las cosas, ¿por qué nadie escucha cuando digo que soy feliz así? ¿Por qué no pueden ver mis sonrisas, satisfacción, plenitud y equilibrio? Después de tantos traspiés y chascos que me he dado siguiendo los caminos que otros me trazaban, deberían respetar la paz que me ha dado mi propia elección, aunque no cuadre con sus visiones planetarias.

martes, julio 10, 2007

Aquellas Simples Cosas (bis)

Martes, 14.22hs, le doy un último sorbo a la sopa que me sacude los resabios rezagados de frío que me dejaron los 5.5 grados que hace afuera. Aquí dentro, frente a este monitor y rodeada de mis bien despreciados pendientes, la temperatura externa es inexistente. Mi espalda se apoya sobre el cuello de polar, que yace sobre los hombros de la campera, que hacen de esta silla un monumento al abrigo. Hace unos momentos volví de mi típica escapada a la calle para disfrutar de ese puchito que me ayuda a soportar esta rutina un poco más. Voy midiendo el día por bloques de dos horas, voy estableciendo mis límites por cigarrillo que se consume entre mis dedos. Es la forma más tolerable que he logrado discernir. No pienso en el tiempo que falta hasta las 18hs, ni pienso en los días que faltan hasta el fin de semana, sólo pienso en mi próxima bajada a fumar mis queridos y nocivos puchos. En sólo 2 hs, no es tan grave.

Hace frío abajo, ese frío que suelo denominar como "frío puto", que no es lo mismo que un frío común. El frío puto es el frío porteño, ese tan húmedo que te cala los huesos sin importar cuánto abrigo te pongas. Pero por más puto que sea, siempre me gusta más que el sofocante calor del verano. Aunque debo reconocer, que así como en verano me deshago por una pileta, lo que más me gusta(ría) del invierno es la calidez/magia/serenidad/melodía de una chimenea - que no tengo, claro está. Así pues, este martes se aletarga sobre la ciudad con un frío puto, que responde obediente al pronóstico meteorológico de la semana pasaba que auguraba - con un tono amarillista - "Ola de frío Polar en Buenos Aires". "Frío Polar... ¿No será mucho?", pensamos varios el viernes. Me asomo a la ventana a espiar el cielo, como para cerciorarme; sí, cielo celeste con algunos jirones blancos que se esparcen desordenados por su extensión. Hace unos minutos, cuando bajé a la calle, el sol incluso se animó a darse una vueltita con algo de tibieza para los que tiritábamos ahí abajo. "¿Lo de ayer fue real?" Cuesta creerlo, costó creerlo ayer, mientras ocurría, y cuesta creerlo hoy, en este día de invierno tan "normal". Y cuanto más extraño parece, más se me antoja un hecho intencionado y calculado. Un mimo, una cosa simple que puede despabilarte, sacudirte, o - al menos - acariciarte... Una caricia, sí, que muchos argentinos necesitábamos.

Despotriqué un poco al levantarme ayer, codiciado feriado, a las 10 de la mañana. Con lo que ando necesitando todas las horas de sueño posible, y el desánimo frondoso que me da este maldito estrés, ir a almorzar a provincia con mi mamá no era la motivación más indicada para sacarme de la cama (tan mullida, tan calentita, tan cama). Pero hacía rato que no la veía y me esperaba una humeante carbonada. Los chifletes que se filtraban por todos los costados del tren y los tumultuosos sacudones que me desbarataron todos los huesos, cumplieron su pintoresca introducción al día, y cuando tratábamos de ubicarnos entre calles completamente desconocidas (después de varias vueltas) comenzó a chispear tímidamente. Beso va, beso viene, charlas aleatorias en la cocina y el comedor, mi hermano aquí, mi novio allá, mamá que iba de un lado a otro (no para, nunca para, culo inquieto que le dicen). Y casi a punto de sentarnos a comer, alguien exclama "¿Está nevando!?". Pffff, qué va a nevar! En Buenos Aires! Nos asomamos a la ventana entre risas. La llovizna sin dudas parecía más liviana de lo normal, pero nevar? ¡Disparates!. Abrimos la puerta de calle y verificamos lo que sospechábamos, agua nieve, nada más (con el frío que hacía no era de extrañar). Mientras almorzábamos discurrimos de los "pajueranos" que hacía unas semanas habían dicho que había nevado aquí o allá. "Estos ven un poquito de escarcha y ya gritan "nieve, nieve!" nos reíamos todos (con poca autoridad, debo reconocer, tanto mamá como yo jamás vimos nevar y yo vi nieve ya estacionada apenas dos veces en mi vida creo). Comimos rico y ameno, con un clima familiar que hacía tiempo no disfrutaba. No faltaron chanzas que dieran a la panza un buen ejercicio, ni un repaso por días perdidos en la historia. Pero fue mientras disfrutábamos del café que le sigue a una buena comida, que el día coronó su plenitud (o la frutilla de la torta, hablando en criollo). Por sobre el hombro de mamá, a través de la ventana que daba al patio, pude ver que el agua nieve había mutado. Como que tenía más volumen y caía un poco más lento. Me colgué mirando un rato con atención, pero no indagué mucho más. Mamá captó mi mirada, y ella sí se levantó a mirar con atención. De un momento a otro, sorprendida, saltó de la silla a la puerta de calle, la abrió de par en par, y un segundo después escuchamos su llamado asombrado y ansioso: "Está nevando!". Cruzamos una mirada con los chicos - "la vieja está loca" - pero fuimos a la puerta sin demora. No fueron los copos lo primero que ví, ni me demoré en una dilucidación de hasta dónde era agua nieve y hasta dónde era nieve en serio, no hacía falta. Lo primero que ví fue el pasto cubierto de una fina capa de reluciente blanco, los pinitos de la reja decorados cual si fuera una navidad de película, y entonces sí, un montoncito de hielo molido que había caído sobre el polar de mi hermano. Extendí mi campo visual, y mientras absorbía la imagen de una calle blanqueada, pude admirar los mil y un copitos blancos que caían suavemente, armoniosamente, como bailando, como jugando. Nunca había visto nevar, y mientras toda mi vida creí que lo que más me gustaba era escuchar y ver caer la lluvia, me tuve que replantear el favoritismo ante este espectáculo, que más allá de su hermosura traía consigo la sorpresa y lo inconcebible, la novedad. Los vecinos empezaron a salir, y los comentarios incrédulos venían de todas las direcciones. Algunos, como yo, extendieron los brazos, tiraron sus cabezas hacia atrás y abrieron sus bocas. Cuando volví a mirar mi entorno, me sorprendió el panorama, y esta vez no era la nieve, era la gente. Todos sonreían, sin ceños fruncidos, ni comisuras torcidas, ni miradas esquivas, sonrisas de las de verdad. Sonrisas, algo que es tan difícil ver en la rutina últimamente, algo que este país necesita en demasía.

En la televisión mostraban que la ciudad también estaba gozando del espectáculo tan poco común, y la gente saltaba frente a las cámaras, aplaudía y bailaba. Por un momento parecía ridículo, tanta alharaca por un poco de hielo, pero después lo pensé un poco más y miré a toda esa gente que está necesitando que alguien les encienda la esperanza, toda esa gente - todos nosotros - que esperamos un cambio, que estamos desgastados y se nos acotan las energías al soñar. Ese hielo, esta nevada en plena ciudad, luego de más de noventa años sin otro evento igual, luego de los últimos inviernos que no bajaban de 15 grados de temperatura, era una ventana a otra realidad. Una tregua de esperanzas, sueños, alegría y sonrisas que permiten siempre los absurdos, los inesperados; un mimo sencillo que los argentinos bendecimos por lo novedoso, fresco y relajante. Una anécdota dulce que nos acompaña aún hoy que todo ha vuelto a la normalidad.

Por mi parte, yo tiré (y recibí) unas cuantas bolas de nieve - chiquititas, pero bolas de nieve al fin - y me llené los ojos de belleza y fantasía en esa calle provincial que quedó completamente cubierta. Pasto blanco, árboles blancos, techos blancos, autos con el capó, techos y parabrisas totalmente cubiertos, y más copitos que caían sin cesar. No estaba en Buenos Aires, no era un día de semana, no me preocupaba el día laboral que me esperaba al día siguiente. Estaba de vacaciones en Bariloche, gratis y express, estaba descansada y libre de presiones y términos modernos como Burn Out. Estaba... simplemente estaba, sin tiempo, sin espacio, sin maquinaciones. Simple, como la nieve.