domingo, noviembre 22, 2009

Más fácil

No me mires a los ojos, no busques más allá de los abismos de mis iris. No me preguntes sobre dudas relevantes, no quieras descubrir la cuna de mis emociones.

No enciendas antorchas por mis pasadizos, no indagues en mis infinitos recovecos. No tientes mi piedad ni incites mi compasión.

No navegues mis sueños, no investigues mis aspiraciones. No consultes mis miedos ni levantes el velo que cubre mis ilusiones.

No me conozcas, no vayas más allá del simple espejismo del cuerpo y la risa complaciente. No me explores, que tus pies no traspongan esa puerta que desciende a mundos inciertos.

Conformate con una mirada libre de intenciones, con la voz grácil de palabras sin pensamientos. Con una caricia ausente y automática, con una réplica básica de una apariencia amena y lejana.

Sólo así evitarás espantarte o encantarte, huir o interesarte. Te cuidarás de un ahogo acuciante o el riesgo de cadenas deslumbrantes. Así guardarás tu rutina intacta, a salvo de sobresaltos; tus planes seguros sin peligro de tener que modificarlos.

Así no podré salvarte ni desilusionarte, protegerte ni lastimarte. Así conservaremos la serenidad de lo inalterable, la paz de la superficie espejada de un estanque agradable sin fantasías ni llamados, sin vacíos ni heraldos. Sin triunfos ni fracasos.

martes, noviembre 10, 2009

Marina

Tiene ese no sé qué, el mar, que me obliga a sincerarme. No a la fuerza ni contra mi voluntad, más bien como un hechizo infalible. Un embrujo que sin dilación ni esfuerzo abre las compuertas del alma, dejando que toda mi esencia se derrame, que todo mi espíritu contenido desborde como una represa liberada. Todo lo que ocultaba, todo lo que negaba, se presenta certero y cristalino en el horizonte sereno e infinito. Todas mis máscaras, todas mis excusas y mentiras se diluyen al primer contacto con el viento de aromas de sal, arena y aguas profundas. Y no me altera, no me asusta ni me abruma. Me devuelve a mi centro, a mi cuna, mientras que las lágrimas que lavan mi rostro más que doler, sanan. Sanan las historias mal contadas, las llagas mal lavadas, las heridas ignoradas. En el lugar del caos, en el espacio que ocupaban mis mezquinas maquinaciones lógicas sin cimientos, sólo queda paz y esperanza. Y una promesa; la promesa que nace del aprendizaje, de la lección asimilada.


Mientras las horas pasan sin tiempo, sin que las note ni las cuente, mi universo interior se regenera frente a las aguas. Mientras mi mente calla, hipnotizada por las espumeantes crestas, mi verdadero yo habla. Y lo escucho y lo entiendo y le agradezco. Me regenero y aprendo. Sin moverme, sin pensar, sin esfuerzo. Me fortalezco y puedo empezar de nuevo. Con una sonrisa, con ánimo y empeño.


Tiene ese no sé qué, el mar, que hace hablar a mi corazón y le da alas a mi alma. Tiene ese algo, que con solo suspirar, le devuelve la vida y la verdad a mi mirada.

Reencuentro

La mejor manera de reconciliarse con la soledad, es llevarla a contemplar el mar.


lunes, octubre 26, 2009

Guarnición musical

Heaven Tells no Lies (Helloween)
I could go a step ahead and try
Harder than before but I'd deny
Always when I try a step
Something's gonna hold me back
Back to where I started
I just bump my head instead
Better leave me here all on my own
Better leave me or become my clone
Everyone who grabbed my hand
Fell into the same wasteland
Don't try to convince me with your optimistic smile

I'd need a shotgun in my dreams tonight
To terminate my rotten side
Just need one shot into the center of my hate
To light the darkness and run free
From that old spell

I don't know if hell or paradise
Belong together or if Heaven tells no lies
You role the dice
You know the price is higher than you can afford
Beware of what you might see
Can you trust your blinded eyes?
I don't know if Heaven tells no lies

Black is white and colours turn to grey
What was close is drifting far away
Just now right's already wrong
What turns weak was never strong
Can I kill the demon without blowing out my mind?

I'd need a shotgun in my dreams tonight
To terminate my rotten side
Just need one shot into the center of my hate
To light the darkness and run free
From that old spell

I don't know if hell or paradise
Belong together or if Heaven tells no lies
You role the dice
You know the price is higher than you can afford
Beware of what you might see
Can you trust your blinded eyes?
I don't know if Heaven tells no lies

I will return
You have to burn
Abide my vision, you no longer keep me bound
I will be back
I will attack
In my religion I will make your hell hound drown



PD: El pibe que jugó esta canción es un groso, voy a ver de conseguirla para mi FoF y humillarme hasta el hartazgo

Traducción
Podría adelantarme un paso e intentar
con más fuerza que antes pero estaría negando
que siempre que intente dar un paso
algo va a retenerme y devolverme al comienzo
haciendo que me golpee la cabeza.

Es mejor que me dejes aquí solo
Es mejor que me dejes o te convertirás en mi clon
Todos los que tomaron mi mano
cayeron en la misma devastación
No trates de convencerme con tu sonrisa optimista

Necesitaría una escopeta en mis sueños esta noche
para eliminar mi lado podrido
Solo necesito un tiro en el centro de mi odio
Para encender la oscuridad y liberarme de ese antiguo hechizo

No sé si el infierno o el paraíso pertencen juntos
No sé si el paraíso no dice mentiras
Tiras los dados y sabes que el precio
es más alto de lo que puedes pagar
Cuidado con lo que puedas ver,
puedes confiar en tus ojos cegados?
No sé si el paraíso no dice mentiras

Negro es blanco y los colores se tornan grises
Lo que estaba cerca se aleja a la deriva
Ahora lo correcto ya es erróneo
lo que se debilita nunca fue fuerte
Puedo matar al demonio sin volarme la cabeza?

Necesito una escopeta en mis sueños esta noche
para eliminar mi lado podrido
Solo necesito un tiro en el centro de mi odio
Para encender la oscuridad y liberarme de ese antiguo hechizo

No sé si el infierno o el paraíso pertencen juntos
No sé si el paraíso no dice mentiras
Tiras los dados y sabes que el precio
es más alto de lo que puedes pagar
Cuidado con lo que puedas ver,
puedes confiar en tus ojos cegados?
No sé si el paraíso no dice mentiras

Yo regresaré
Tienes que quemarte
Acata mi visión, ya no me mantienes atado
Yo volveré
Yo atacaré
Haré que a tu sabueso infernal se ahogue en mi religión.

Políticamente Incorrecto

Otra grieta que se abre en este corazón cansado y viejo, otra esperanza que se queda en el umbral, agonizando un traspaso que jamás llega. Otra angustia que escribe una historia de injusticias y fracasos antojadizos, crueles y tramposos. Un curso intensivo de amarguras para un orgulloso crecimiento, una evolución en la sabiduría, un avance en el espíritu. El dolor enseña, del dolor se aprende, a través del dolor crecemos. ¿¡A quién le importa!? ¿De qué sirve crecer si solo podemos medir lágrimas sobre la regla, qué sentido tiene hacerse sabio si lo único que tenemos para predicar son tristezas y miserias? La superación está sobrevalorada, una excusa deleznable para el caído, un placebo ingenuo para que el humano siga caminando, aún cuando sepa que va desgajándose en el camino. Nos vamos perdiendo, poco a poco, lágrima a lágrima. Perdiendo nuestra identidad, nuestra esencia, nuestra voluntad, nuestros sueños, nuestra niñez e historia. Nos vamos desarmando, desdibujando, volviéndonos cada vez más susceptibles a ser absorbidos por el entorno, el sistema, la sociedad y sus formas. Una sombra más, de las tantas que caminan sin rumbo, un número, una estadística. Tan solo un reflejo difuso de lo que pudimos haber sido, tan solo una utopía de la individualidad y la realización. Por eso, en tantos aspectos, se empuja a que el reconocimiento se logre en la juventud, antes de la experiencia, antes del desgaste. Aprovechar los talentos mientras están frescos y enteros, mientras tienen un alma completa que los soporte. Pues la edad significa tiempo y ese tiempo agrupa un millón de corazones rotos, y quien pasa por todos se pierde para siempre entre la muchedumbre, un espectro más de las aspiraciones humanas que nunca llegaron a puerto. Un náufrago más de promesas de vida que jamás se cumplirán.

Al demonio con el crecimiento, el aprendizaje y la perfección que modela el cincel del dolor. Al infierno con las frases alentadoras, la autoayuda y la religión. A la mierda con los sentimientos, que no hacen otra cosa que estorbar y confundir, demandar y requerir, necesitar y castigar. Bienvenido sea, mi amado intelecto, su dulce capacidad de adaptarse, resignarse, ceder y calcular. Su tierna habilidad de sopesar, elucubrar, esquivar y compensar. Su satisfactoria forma de construir barreras que aíslen el frío, maquinarias que brinden comodidad y confort, proyectos que espanten al vacío.

Te abro la puerta nuevamente, querido raciocinio, vuelve a desterrar la emoción de estas pútridas y manoseadas entrañas que ya no toleran más tortura. Vuelve a cortar las ataduras del sentimiento y sus malditas terminales nerviosas que jamás se cansan de herir. Pinta todo de plata y oro, con tus fórmulas inequívocas, con tu ciencia comprobable. Que si he de ser un autómata de todas formas, prefiero lograrlo con mi propio manual, por mis medios y a mi manera, manteniéndome entera, firme y fuerte. Al menos, tendré forma y consistencia, tendré identidad y conciencia. Al menos, seré distinguible entre el resto de los espectros y no seré llevada por la marea de la inevitabilidad a contenedores de transcursos ilusos y fracasados.


NdeA: Lo expuesto no es más que un exabrupto de ira con licencia poética. Uno de los polos que constituyen nuestra tempestuosa humanidad; el registro de uno de los tantos momentos de debilidad que nos asaltan cuando tenemos las defensas bajas. No voy a arrepentirme de los riesgos asumidos tan rápidamente, pero tampoco quiero negar u ocultar el lado oscuro que existe y existirá mientras el lado luminoso se esfuerza por hacerse camino y prevalecer. A fin de cuentas, mi Cruzada es la de encontrar el equilibrio.

martes, septiembre 29, 2009

Tear Down The Wall

Parece mentira, cómo uno se va ajustando a una rutina y esa rutina va cerrando los caminos y posibilidades de la personalidad. Cómo no son sólo las actividades las que se tornan mecánicas y tediosas, sino también el pensamiento, las ideas y la emoción. Llevados por la corriente y sin poner mayor resistencia permitimos que la identidad se nos apague y ajuste a una cajita minúscula y oscura. Una cajita que cerramos a presión para que no se filtre una sola expectativa disonante, para que no haya riesgos de enloquecer ante la monotonía.

Uno se va quitando deseos, creatividad y añoranzas como si fueran pesos colgantes de una monumental carga sobre la espalda. De manera que sólo nos quede un intelecto preciso y selectivo, risas contadas, emociones catalogadas y esperanzas deformadas en proyectos para acompañar el cronograma del día a día. Nos acostumbramos a quejarnos seguido de lo aburrido y molesto que es mucho de lo que nos rodea porque hemos cercenado las mil percepciones que nos permitirían disfrutar de lo que sea que hagamos, y vociferamos por el retorno de la “libertad”, que no es más que un concepto lejano y difuso que ha perdido real sentido para el espíritu. Pues, una vez que se han negado tantos aspectos que nos hacen por mucho tiempo, los olvidamos por completo. Olvidamos cómo se sienten, qué les compone, qué significan y lo que generan. Sólo nos queda una idea de lo que buscó nuestro espíritu infantil, una tarea sin tildar que debemos completar aunque no podamos recordar cuándo ni por qué la anotamos. ¿Cómo se alcanza la libertad cuando olvidamos lo que implica y significa? ¿Cómo se le permite que nos lleve en volantas cuando su ahora desconocida presencia nos amedrenta, cuando su mero respiro nos aterroriza? Corremos tras una obligación que nos impone el niño interno, el recuerdo de una vida más plena, que tiene ese único rótulo: “Libertad = Felicidad”. Sin darnos cuenta que mientras nos apresuramos torpemente hacia un fantasma, estamos en realidad huyendo de lo mismo que buscamos. Porque lo que nos persigue es un riesgo, una responsabilidad, una incertidumbre.

Y curioso es, que si llegamos a tener el coraje de girarnos, de reconocer el juego absurdo, de afrontar la destrucción que implica cumplir ese objetivo, abrazar esa tarea; nos encontramos completamente desprovistos, desnudos, incapaces, perdidos y vacíos. El adulto se convierte en recién nacido y la reconstrucción conlleva muchas más espinas de las que esperábamos encontrar. Sin embargo, ese terremoto nos trae cosas nuevas, frescas, sorprendentes. Y la satisfacción de poder volver a sorprenderse es inigualable. El poder agonizar un desgarro con la sonrisa de estar sintiendo algo nuevo, distinto. El poder recordar una emoción, idea o sentimiento que se nos había desdibujado. Todas cosas preciosas, increíbles, dulces y emocionantes; que se enfrentan al desarraigo, a la inestabilidad, a la costumbre, a la angustia y al miedo. Esa dualidad constante entre paz y tormento, entre estabilidad y volatilidad que nos lleva a tropezones y no podemos controlar ni negar.

Nos queda la elección, la decisión propia de enfrentar el tumulto o aceptar la languidez. Optar por un dolor preciso y arrebatado o una paulatina y sofocante depresión frente a los polos que equilibran; estabilidad, seguridad y previsión o pasión, sueños y emoción. Apegarnos a las convenciones y fórmulas conocidas o aventurarnos a seguir nuestro propio camino, por oscuro e incierto que sea.

lunes, mayo 25, 2009

Terrena

Sentada junto a la ventana, recibía los últimos rayos del sol sobre su rostro sereno. Aunque se distinguía paz en su semblante ladeado, se adivinaba una profunda desazón tras la cortina turbia que vestía su honda mirada; unos ojos empañados que se clavaban mas allá del vidrio que sellaba el paso de una tormenta decreciente. Buscaban en la distancia. En el atardecer encendido, en las montañas manchadas por nubarrones achaparrados, en las gotas de agua que se demoraban en las espigadas hojas de los altos pinos. Pero no eran esos los destinos finales de su contemplación; sino apenas escalas de su deseo. Sus ojos iban mucho más allá, lejos de los límites tangibles, de las formas y los colores. Traspasaban los planos para encontrarse nuevas maravillas. O, al menos, eso era lo que intentaban. Eso buscaban esos iris desvaídos, las pupilas dilatadas, mientras surcaban una frivolidad inmutable.


“La he perdido. Perdí mi magia” – fue todo lo que pudo expresar en un susurro quebrado. Y sus ojos ya no pudieron ver más que una transparencia corpórea, veteada y deformada por esas lágrimas que lo revelaban todo sin decir nada.


Había nacido como una llama plena de deseos. Una pasión abrasadora por lo intangible y lo extraordinario. Había crecido adorando la armonía, los colores, las formas, los aromas que el mundo invocaba más allá de su corteza. En tal manera y a tal grado, que había aprendido a identificar los quiebres en el tiempo y espacio de la inocua realidad. Quiebres que transportaban su mirada a través de los abismos mundanos, hacia planos paralelos superpuestos. Y se había acostumbrado a llenar sus ojos de extraordinaria belleza y su alma de infinita emoción.

No veía duendes ni cosas imposibles, pero sí veía la verdadera cara del mundo. Cada poro de su piel multicolor, cada surco y curva de sus mil siluetas traslúcidas, cada mutación constante en cada uno de sus respiros. Podía encontrar momentos y lugares únicos. Podía demorar el tiempo para degustarlos. Observar cada partícula en un marcado rayo otoñal que pintaba prodigios en un árbol desvencijado. Cada tonalidad cambiante de un cielo sin fin, el movimiento acompasado de las hojas murmurantes, la danza imperceptible de cada átomo. Podía ver la lluvia en cámara lenta, aspirar los aromas de tierra mojada hasta embriagarse y navegar el mundo sin cadenas, sin filtros, sin pre concepciones. Su cuerpo se estremecía en un éxtasis delicioso y su espíritu cobraba una energía que amenazaba con romper su pecho.


Pero ahora, mientras el atardecer tormentoso se demoraba sobre un paisaje sereno e impactante, sólo existía el vacío. El deseo y el vacío. La añoranza profunda de la ausencia, de la falta. Había visto los colores vibrantes de la naturaleza. Había escuchado la dulce melodía de las tamborileantes gotas de la lluvia, había llenado sus sentidos con el refinado aroma entretejido de la savia de los pinos con tierra húmeda y el viento de montaña. Y había observado por horas cómo el día menguaba y el cielo se quebraba entre jirones de nubes perezosas y anaranjados trazos antojadizos. Lo había visto y percibido todo, pero los vellos de su piel no se habían erizado, su cuerpo no se había estremecido, su pecho no presentaba presión alguna; todo era normal, terrenal, quedo y desprovisto. No había podido detener el tiempo ni ver los detalles ni unir los planos. No había podido salir del mundo para ver el mundo, y todo aquello que amaba profundamente no era más que un bonito despliegue que le daba cierta paz, pero carecía del tinte de lo extraordinario.

Había aprendido a ser parte del mundo. Había aprendido a replegar sus alas, a usar sus pies y a ver con sus ojos y tocar con sus manos. Se había vuelto mortal, había perdido su magia; se había adaptado.

Lloró en el profundo silencio que la abrigaba sin sentirse acariciada por la mullida ausencia de sonidos. Ni las lágrimas sinceras pudieron darle acceso a su yo más pleno. Ni la pena era tan grande o real como hubiera querido. Una muerte superficial en su perecedera conciencia, un dolor tolerable en su elaborada racionalidad. Su lógica era más grande y poderosa que sus sentimientos; era enorme el conocimiento de la agonía que debía resultar de la revelación, pero medido el nudo en su garganta y contadas sus lágrimas. La lógica tenía más emotividad que su emoción misma y esa terrible ironía le musitaba que ya no era etérea. Se había acostumbrado demasiado a lo tangible para concebir algo inmaterial y, de todo lo que existe más allá de la conciencia, sólo quedó la noción de una maravilla prohibida, ahora, para ella.

sábado, abril 18, 2009

Causa y efecto

Causa y efecto, ¿quién es el verdadero responsable?

¿Puede encontrarse un solo nodo de consecuencias o es que todo está hilado – intencionalmente o no – en cada componente que se interrelaciona, haciéndonos apenas un instrumento más en el destino de cada ser que nos rodea y nosotros mismos?

Me gusta pensar que somos el arquitecto de nuestro propio destino, pero no puedo hacer ojos ciegos al hecho de que no controlamos los eventos que hemos de enfrentar. Sólo podemos decidir qué hacer con ellos. Y aunque logremos dominar el arte de ejecutar la acción más adecuada ante cada evento inesperado, no dejaría de ser un efecto y consecuencia no planeado. Un elemento más que se agrega a nuestro camino, una forma no prevista que nos afecta de una u otra manera y que está fuera de el control que nos gustaría ejercer sobre nuestra propia vida.

Dado un obstáculo en mi camino puedo optar por sortearlo, ignorarlo, enfrentarlo, resolverlo, retroceder, detenerme. No importa realmente cuál es la mejor opción. Hay una idéntica realidad tras el posible resultado que acarree cualquier elección de acción: un nuevo hecho, un elemento no planeado que nos afecta y moldea en una forma que no habíamos considerado. Esta divergencia puede ser más o menos beneficiosa, dependiendo de la destreza que tengamos en confrontar problemas. Pero siempre será una divergencia, siempre añadirá un cambio en nuestros planes, en nuestros conceptos, en nuestra persona.

¿Tiene algún sentido, entonces, buscar un responsable?. Aquel, éste, nosotros, ellos. Es como querer identificar qué cuerpo de agua fue el mayor responsable en la precipitación que moja nuestras ropas mientras nos apuramos a casa por la calle. Necesitamos un responsable, como seres humanos, para descomprimir el peso de nuestra conciencia. Pero no es más que un placebo a la ansiedad, pues ningún culpable definido ha de cambiar la nueva realidad en nuestras manos. Esa realidad que no deja de mutar aunque prefiramos ignorar este hecho inevitable.

Estar a la altura de las circunstancias. Qué concepto estúpido, pienso, a la vez que se me hace un nudo en la garganta. Es un fin fútil, infructuoso, lo sé. Puedo racionalizarlo, rotularlo y archivarlo en la perfecta estructura del pensamiento. Pero no puedo controlar mi necesidad de satisfacerlo. No puedo dominar el vacío en el estómago, la puntada en la cabeza, la lágrima no intencionada que se desliza silente por mi rostro. La sensación de fracaso, la ira del cansancio y concepto de injusticia conociendo todo el esfuerzo derrochado en evitar la situación. Hice todo lo posible con los elementos que contaba, siempre. Lo sé. Tengo la certeza absoluta que ha sido así. Pero eso no quita el hecho de haber fracasado. Eso no ahuyenta el fantasma de tener que lograr la trascendencia, aún cuando entienda que no es algo que pueda decidir individualmente por completo. De nada me sirve el conocimiento, porque no puedo desprenderme de la irracionalidad de la necesidad de superarme. De ascender por sobre todo lo que debió ser diferente. De la envidia ante una realidad que pudo ser más dócil; una realidad que se muestra posible en otros rostros, en otras manos. Que parece burlarse de sus arbitrarias elecciones para conmigo. Una realidad que no es responsabilidad de nadie y de todos al mismo tiempo. Una responsabilidad que no constituye ninguna solución ni diferencia. Una conclusión que de nada sirve para calmar mi añoranza de salirme del ciclo, mi anhelo de que los eventos enfrentados no me alteren, no me formen, no me condicionen.

El afán de ser especial, no es otra cosa que una enorme necesidad de sentirme normal. Equilibrada. A la altura de las circunstancias. Una absurda contradicción que no tiene respuesta en la conciencia. Sólo tiene influencia en una respuesta física involuntaria; una lágrima, un nudo en la garganta, un vacío en el estómago. Un malestar en resumen, que se convierte en otro evento más, otra alteración, otro desequilibrio. Para empezar nuevamente el ciclo enlazado de victorias y fracasos que van perdiendo sentido. Sin responsables y sin cúspides. Una meta elusiva que sigue borroneándose en el espejismo distante de su intangibilidad.

Causa y efecto. Obstáculos y elecciones de cómo manejarlos. Eso es todo lo que hay, todo lo que podemos hacer. Optar por la mejor mano que se pueda sacar con las cartas que nos son dadas. Evitando en lo posible añorar la escalera real, conformándonos con ganar la mano, aunque sea, con un mísero par doble. Metas simples, y la resignación de que incluso esas puedan perderse en el camino. Equilibrar la sensación de pérdida con un nuevo objetivo a corto plazo bajo la manga. Quizás sea la única respuesta, la única elección sana. Aunque sepa a conformismo en la garganta, aunque retuerza las entrañas con un dejo a mediocridad. Quizás esos tonos amargos no sean más que un poco de sabiduría mundana. Quizás la trascendencia sea una paradoja para un cuerpo que existe y se desarrollo en lo finito, en lo tangible, en lo humano. Quizás la espiritualidad que tanto nos eleva sea la quimera que nos hunde ante la inevitabilidad de la razón y la realidad.

jueves, febrero 12, 2009

Namárië

Preparo una taza de café a pesar del calor. Su aroma seductor es un buen aliciente a todas las cosas difíciles. Tiene algo de sosegador, de dulce y pacífico; por contradictorio que sea con la cafeína. Quizás tiene que ver con antiguas mañanas luminosas, prometedoras y despreocupadas que estiraban su pereza en una complacencia perdida. Amaneceres apacibles que ganaban su impulso al día a través de esa taza que traían las manos firmes y tersas de una madre menos abatida. Permito que la humeante fragancia me dé el temple que necesito para hacer esto, que tiene mucho que ver con los recuerdos.

Respiro hondo, tomo coraje y el tiempo necesario para equilibrar el peso de la conciencia y la emoción, pues ya no puedo darme el lujo de ceder. Levanto mi cabeza parsimoniosamente y me atrevo, después de tanto tiempo, a mirar fijo a los ojos. Me instigo fortaleza mientras empiezo a hundirme en el remolino de ilusiones que me enfrenta con nociva inocencia y, finalmente, le doy voz a mi voluntad…

Ya no más. Ya basta. Fue suficiente. El recorrido acaba aquí, hoy, ahora. Al menos ese que elegimos transitar en conjunto, el que rotulamos de simbiosis y sanación, el que se ha convertido en succión y veneno. Tengo el alma quebrada por el peso de tu demanda y a duras penas evito que mi mente colapse mientras intenta abastecer infinitamente tu necesidad. No existe saciedad para la sed que te domina y ni siquiera obtengo beneficios de lo que satisface tu noble vendetta. Ya no puedo pretender que somos iguales. Aunque duela, aunque me cueste reconocerlo. Ha pasado demasiado tiempo, más del que debería haber permitido, y estoy demasiado vieja para extirparle conciencia a la mentira. Y tu entrañable existencia ha abusado en exceso del tiempo extra que le fue concedido como justa retribución de sus penurias.

Perdón mi pequeña, mis más sinceras y sentidas disculpas, pero ya no puedo ser tu justiciera. Es hora de que partas, de que aceptes la parte que te tocó jugar por siniestra que la creas y dejes de invadir mis turnos en espera de una reivindicación que has convertido en quimera. No puedo seguir ejerciendo la expiación de tus desagravios, ya los he redimido incontables veces pero tu fantasmal angustia no puede asimilarlo. He secado cada una de todas las lágrimas que has derramado aunque te parezca que siguen manando.

Quiero construir mis propias sonrisas ahora, que son mucho menos pretenciosas que las tuyas. Es cierto, no se sentirán tan magníficas como ver tu carita triunfante, iluminada en rozagantes mejillas de satisfacción. Pero no tendrán el desgaste de esfumarse en lo cíclico de tu breve historia para devolverte a mis brazos con las alas rotas en un suspiro. Quiero tener mis propios fracasos, que para mí son tan válidos como las sonrisas. Quiero la paz de tener derecho a cometer errores, la serenidad de poder decir tonterías, la libertad de no evitar conflictos. Todas esas cosas que te aterran y te llevan a aferrarme con punzantes y heladas garras de desesperación para inmovilizarme, para mi no son tan terribles y sí indispensables. Por eso necesito que te vayas, que me sueltes, que me dejes. Voy a extrañar tu dulzura, tu bondad, tus sueños mágicos, tu gentil caricia, tu altruismo y tu ternura. Pero prefiero llevarte en mi melancolía que seguir cediendo en este camino hacia la ruina.

Es hora de que ejerzas tu propia redención con el coraje de asumir tu puesto secundario. También a mí me tocará un día ceder el cetro a una nueva participante de esta vida, que probablemente tampoco tenga el honor de ser quien la culmine. Y entonces volveremos a encontrarnos, como iguales esta vez: dos hebras de pasado que esperan en contemplación inactiva que otro termine el entramado. Porque recién entonces, recién cuando todas las partes sean una nuevamente, te sentirás verdaderamente redimida y todo tendrá sentido.

Sé fuerte, sé valiente y acepta esta despedida. En algún lado te esperan caballos alados para abrigarte mientras los grandes terminamos la partida. No me odies, no me olvides; aunque ahora me aleje y abandone tu faena, siempre voy a quererte, siempre voy a recordarte.
Hasta siempre mi alada pequeñita, es hora de crecer.